martes, 28 de febrero de 2012

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CAMILO JOSÉ CELA
La colmena - 1951
  

7/10
[mr.kamping]


“A los de las mesas próximas que ve fumando tabaco rubio les dice, muy fino: ¿me da usted un papel de fumar? Quisiera liar un pitillo de picadura, pero me encuentro sin papel. Entonces el otro se confía: no, no gasto. Si quiere usted un pitillo hecho... Don Leonardo pone un gesto ambiguo y tarda unos segundos en responder: bueno, fumaremos rubio por variar. A mi la hebra no me gusta mucho, créame usted. A veces el de al lado le dice no más que: no, papel no tengo, siento no poder complacerle..., y entonces don Leonardo se queda sin fumar.

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MIGUEL DELIBES
Señora de rojo sobre fondo gris - 1991
  

7/10
[mr.kamping]


“Ninguno de los dos era sincero pero lo fingíamos y ambos aceptábamos, de antemano, la situación. Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba con mirarnos y sabernos. Nada nos importaban los silencios. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad. Yo buscaba en la cabeza temas de conversación que pudieran interesarla, pero me sucedía lo mismo que ante el lienzo en blanco: no se me ocurría nada. A mayor empeño, mayor ofuscación. Se lo expliqué una mañana que, como de costumbre, caminábamos cogidos de la mano: ¿Qué vamos a decirnos? Me siento feliz así, respondió ella.

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MIGUEL DELIBES 
El príncipe destronado - 1973
  

7/10
[mr.kamping]


“Entreabrió los ojos y, al instante, percibió el resplandor que se filtraba por la rendija del cuarterón, mal ajustado, de la ventana. Contra la luz se dibujaba la lámpara de sube y baja, de amplias alas -el Ángel de la Guarda- la butaca tapizada de plástico rameado y las escalerillas metálicas de la librería de sus hermanos mayores. La luz, al resbalar sobre los lomos de los libros, arrancaba vivos destellos rojos, azules, verdes y amarillos. Era un hermoso muestrario y en vacaciones, cuando se despertaba a la misma hora de sus hermanos, Pablo le decía: "Mira, Quico, el Arco Iris".

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HERTA MÜLLER
En tierras bajas - 1982
  

6/10
[mr.kamping]


“Cada verano se lleva un granero. Los graneros se incendian siempre en domingo, cuando la gente baila y juega a las cartas. El crepúsculo rueda por las calles como un intestino grueso. Luego arde lentamente allá en el fondo, entre la paja y el entramado de tallos. Y sólo uno lo sabe, el hombre de la caja de fósforos, que ventila su odio por las plantaciones de patatas, detrás de los maizales. En ese huerto arrastraba sacos y escardaba remolachas cuando era un niño enclenque. Dormía en el establo de esa casa, y en ella fue llamado peón por una niña de su misma edad que tenía trenzas rubias y lisas y en invierno comía naranjas y le salpicaba la cara con el fragante zumo de las mondas vacías. Ahora se interna por el maizal, y el susurro que oye a sus espaldas le hace creer que él mismo es el viento.

domingo, 26 de febrero de 2012

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JOSÉ SARAMAGO
Poesía completa - 2005
  

7/10
[mr.kamping]


“Otros dirán en verso otras razones,
Quién sabe si más útiles, más urgentes.
Éste no cambió su naturaleza,
Suspendida entre dos negaciones.
Ahora, inventar arte y manera
De juntar el azar y la certeza,
Se lleve en eso, o no, la vida entera.

Como quien se muerde las uñas cercenadas.

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LUIS LANDERO
Caballeros de fortuna - 1994
  

7/10
[mr.kamping]


“El resto del tiempo se lo pasaba esperando que se le apareciese el santo, y según los rumores conversando a todas horas con él en interminables parlamentos místicos llenos de reproches y requiebros, y rogándole que le mandase alguna señal de que su servicio era bien acogido. Ningún cortejador logró arrancarle nunca ni una mirada de piedad, y entretanto su belleza iba haciéndose más inquietante cada día. Y así pasó el tiempo, y cuando ya se acercaba a los treinta y estaba en lo más granado de su madurez, un día el santo se le apareció por fin.

miércoles, 22 de febrero de 2012

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PATRICK MODIANO 
Calle de las Tiendas Oscuras - 2009
  

6/10
[mr.kamping]


“Un expediente andaba rodando por encima de una mesa. A lo mejor era el del hombrecillo moreno de mirada espantada y rostro abotagado que nos había encargado que siguiéramos a su mujer, quien, por las tardes, iba a reunirse con otro hombrecillo moreno de rostro abotagado en una pensión de la calle de Vital, cerca de la avenida de Paul Doumer. Hutte se acariciaba pensativamente la barba, una barba canosa, corta, pero que se le comía las mejillas. Los ojos saltones y claros miraban al vacío. A la izquierda del escritorio, la silla de mimbre en que me sentaba yo durante las horas de trabajo. Detrás de Hutte unas baldas de madera oscura cubrían la mitad de la pared; había en ellas guías telefónicas y anuarios de todo tipo y de los últimos cincuenta años. Hutte me había dicho con frecuencia que eran herramientas de trabajo insustituibles de las que no pensaba desprenderse nunca. Y que esas guías y esos anuarios formaban la más preciada y la más emotiva biblioteca con que pudiera contar nadie, pues sus páginas recogían multitud de seres y multitud de cosas y de mundos desaparecidos, de los que ya sólo esos tomos daban testimonio.